Tantas cosas que empiezan
y acaso acaban como un juego, supongo que te hizo gracia encontrar un dibujo
al lado del tuyo, lo atribuiste a una casualidad o a un capricho y sólo la segunda
vez te diste cuenta que era intencionado y entonces lo miraste despacio, incluso
volviste más tarde para mirarlo de nuevo, tomando las precauciones de siempre:
la calle en su momento más solitario, acercarse con indiferencia y nunca mirar
los grafitti de frente sino desde la otra acera o en diagonal, fingiendo interés
por la vidriera de al lado, yéndote en seguida.
Tu propio juego había empezado por aburrimiento, no era en verdad una protesta
contra el estado de cosas en la ciudad, el toque de queda, la prohibición amenazante
de pegar carteles o escribir en los muros. Simplemente te divertía hacer dibujos
con tizas de colores (no te gustaba el término grafitti, tan de crítico de arte)
y de cuando en cuando venir a verlos y hasta con un poco de suerte asistir a
la llegada del camión municipal y a los insultos inútiles de los empleados mientras
borraban los dibujos. Poco les importaba que no fueran dibujos políticos, la
prohibición abarcaba cualquier cosa, y si algún niño se hubiera atrevido a dibujar
una casa o un perro, lo mismo lo hubieran borrado entre palabrotas y amenazas.
En la ciudad ya no se sabía demasiado de que lado estaba verdaderamente el miedo;
quizás por eso te divertía dominar el tuyo y cada tanto elegir el lugar y la
hora propicios para hacer un dibujo.
Nunca habías corrido peligro porque sabías elegir bien, y en el tiempo que transcurría
hasta que llegaban los camiones de limpieza se abría para vos algo como un espacio
más limpio donde casi cabía la esperanza. Mirando desde lejos tu dibujo podías
ver a la gente que le echaba una ojeada al pasar, nadie se detenía por supuesto
pero nadie dejaba de mirar el dibujo, a veces una rápida composición abstracta
en dos colores, un perfil de pájaro o dos figuras enlazadas. Una sola vez escribiste
una frase, con tiza negra: A mí también me duele. No duró dos horas, y esta
vez la policía en persona la hizo desaparecer. Después solamente seguiste haciendo
dibujos.
Cuando el otro apareció al lado del tuyo casi tuviste miedo, de golpe el peligro
se volvía doble, alguien se animaba como vos a divertirse al borde de la cárcel
o algo peor, y ese alguien como si fuera poco era una mujer. Vos mismo no podías
probártelo, había algo diferente y mejor que las pruebas más rotundas: un trazo,
una predilección por las tizas cálidas, un aura. A lo mejor como andabas solo
te imaginaste por compensación; la admiraste, tuviste miedo por ella, esperaste
que fuera la única vez, casi te delataste cuando ella volvió a dibujar al lado
de otro dibujo tuyo, unas ganas de reír, de quedarte ahí delante como si los
policías fueran ciegos o idiotas.
Empezó un tiempo diferente, más sigiloso, más bello y amenazante a la vez. Descuidando
tu empleo salías en cualquier momento con la esperanza de sorprenderla, elegiste
para tus dibujos esas calles que podías recorrer de un solo rápido itinerario;
volviste al alba, al anochecer, a las tres de la mañana. Fue un tiempo de contradicción
insoportable, la decepción de encontrar un nuevo dibujo de ella junto a alguno
de los tuyos y la calle vacía, y la de no encontrar nada y sentir la calle aún
más vacía. Una noche viste su primer dibujo solo; lo había hecho con tizas rojas
y azules en una puerta de garage, aprovechando la textura de las maderas carcomidas
y las cabezas de los clavos. Era más que nunca ella, el trazo, los colores,
pero además sentiste que ese dibujo valía como un pedido o una interrogación,
una manera de llamarte. Volviste al alba, después que las patrullas relegaron
en su sordo drenaje, y en el resto de la puerta dibujaste un rápido paisaje
con velas y tajamares; de no mirarlo bien se hubiera dicho un juego de líneas
al azar, pero ella sabría mirarlo. Esa noche escapaste por poco de una pareja
de policías, en tu departamento bebiste ginebra tras ginebra y le hablaste,
le dijiste todo lo que te venía a la boca como otro dibujo sonoro, otro puerto
con velas, la imaginaste morena y silenciosa, le elegiste labios y senos, la
quisiste un poco.
Casi en seguida se te ocurrió que ella buscaría una respuesta, que volvería
a su dibujo como vos volvías ahora a los tuyos, y aunque el peligro era cada
vez mayor después de los atentados en el mercado te atreviste a acercarte al
garage, a rondar la manzana, a tomar interminables cervezas en el cafe de la
esquina. Era absurdo porque ella no se detendría después de ver tu dibujo, cualquiera
de las muchas mujeres que iban y venían podía ser ella. Al amanecer del segundo
día elegiste un paredón gris y dibujaste un triángulo blanco rodeado de manchas
como hojas de roble; desde el mismo café de la esquina podías ver el paredón
(ya habían limpiado la puerta del garage y una patrulla volvía y volvía rabiosa),
al anochecer te alejaste un poco pero eligiendo diferentes puntos de mira, desplazándote
de un sitio a otro, comprando mínimas cosas en las tiendas para no llamar demasiado
la atención. Ya era noche cerrada cuando oíste la sirena y los proyectores te
barrieron los ojos. Había un confuso amontonamiento junto al paredón, corriste
contra toda sensatez y sólo te ayudó el azar de un auto dando vuelta a la esquina
y frenando al ver el carro celular, su bulto te protegió y viste la lucha, un
pelo negro tironeado por manos enguantadas, los puntapiés y los alaridos, la
visión entrecortada de unos pantalones azules antes de que la tiraran en el
carro y se la llevaran.
Mucho después (era horrible temblar así, era horrible pensar que eso pasaba
por culpa de tu dibujo en el paredón gris) te mezclaste con otras gentes y alcanzaste
a ver un esbozo en azul, los trazos de ese naranja que era como su nombre o
su boca, ella así en ese dibujo truncado que los policías habían borroneado
antes de llevársela; quedaba lo bastante como para comprender que había querido
responder a tu triángulo con otra figura, un círculo o acaso un espiral, una
forma llena y hermosa, algo como un sí o un siempre o un ahora.
Lo sabías muy bien, te sobraría tiempo para imaginar los detalles de lo que
estaría sucediendo en el cuartel central; en la ciudad todo eso rezumaba poco
a poco, la gente estaba al tanto del destino de los prisioneros, y si a veces
volvían a ver a uno que otro, hubieran preferido no verlos y que al igual que
la mayoría se perdieran en ese silencio que nadie se atrevía a quebrar. Lo sabías
de sobra, esa noche la ginebra no te ayudaría más a morderte las manos, a pisotear
tizas de colores antes de perderte en la borrachera y en el llanto.
Sí, pero los días pasaban y ya no sabías vivir de otra manera. Volviste a abandonar
tu trabajo para dar vueltas por las calles, mirar fugitivamente las paredes
y las puertas donde ella y vos habían dibujado. Todo limpio, todo claro; nada,
ni siquiera una flor dibujada por la inocencia de un colegial que roba una tiza
en la clase y no resiste el placer de usarla. Tampoco vos pudiste resistir,
y un mes después te levantaste al amanecer y volviste a la calle del garage.
No había patrullas, las paredes estaban perfectamente limpias; un gato te miró
cauteloso desde un portal cuando sacaste las tizas y en el mismo lugar, allí
donde ella había dejado su dibujo, llenaste las maderas con un grito verde,
una roja llamarada de reconocimiento y de amor, envolviste tu dibujo con un
óvalo que era también tu boca y la suya y la esperanza. Los pasos en la esquina
te lanzaron a una carrera afelpada, al refugio de una pila de cajones vacíos;
un borracho vacilante se acercó canturreando, quizo patear al gato y cayó boca
abajo a los pies del dibujo. Te fuiste lentamente, ya seguro, y con el primer
sol dormiste como no habías dormido en mucho tiempo.
Esa misma mañana miraste desde lejos: no lo habían borrado todavía. Volviste
al mediodía: casi inconcebiblemente seguía ahí. La agitación en los suburbios
(habías escuchado los noticiosos) alejaban a la patrulla de su rutina; al anochecer
volviste a verlo como tanta gente lo había visto a lo largo del día. Esperaste
hasta las tres de la mañana para regresar, la calle estaba vacía y negra. Desde
lejos descubriste otro dibujo, sólo vos podrías haberlo distinguido tan pequeño
en lo alto y a la izquierda del tuyo. Te acercaste con algo que era sed y horror
al mismo tiempo, viste el óvalo naranja y las manchas violetas de donde parecía
saltar una cara tumefacta, un ojo colgando, una boca aplastada a puñetazos.
Ya sé, ya sé ¿pero qué otra cosa hubiera podido dibujarte? ¿Qué mensaje hubiera
tenido sentido ahora? De alguna manera tenía que decirte adiós y a la vez pedirte
que siguieras. Algo tenía que dejarte antes de volverme a mi refugio donde ya
no había ningún espejo, solamente un hueco para esconderme hasta el fin en la
más completa oscuridad, recordando tantas cosas y a veces, así como había imaginado
tu vida, imaginando que hacías otros dibujos, que salías por la noche para hacer
otros dibujos.
Queremos tanto a Glenda -© 1993 Editorial Sudamericana